Macron - Le Pen: otro referendum sobre la Unión Europea

Macron en las portadas

La segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas se presentan como una suerte de referendum sobre la Unión Europea, pero el resultado no está tan cantado como todos creen.

La crisis migratorio favorecida e impulsada por la Unión Europea no deja de cobrarse nuevas víctimas políticas. En las Elecciones Presidenciales del pasado domingo en Francia, la víctima más notoria ha sido el partido del Gobierno y del actual Presidente de la Republica: el Partido Socialista Francés, cuyo candidato, Benoit Hamon, ha obtenido un ridículo 6%. Otra víctima, aunque no mortal, ha sido el partido conservador francés, que por primera vez desde la fundación de la Quinta República en 1958 no entra en la segunda vuelta de una elección presidencial.  No obstante, los partidarios del federalismo europeo, conservadores y socialistas de todas las tendencias, dicen respirar tranquilos porque estan seguros que funcionará de nuevo la Gran Alianza contra Le Pen. "La segunda vuelta es un referéndum sobre Europa", dice entusiasmado el Comisario europeo Pierre Moscovici.

Creo que se equivocará quien crea que ahora se va a repetir algo parecido a lo que sucedió en 2002. En aquel año de elecciones presidenciales, pasaron a la segunda vuelta el conservador Chirac, con el 19,88% de los votos, y Jean-Marie Le Pen, padre de la actual candidata, con el 16,86% de los votos. En la segunda vuelta obtuvieron respectivamente el 82,21% y el 17,79%. Esa especie de cordón sanitario antinacionalista ha venido funcionando como un reloj en todas las elecciones que se han sucedido desde entonces, también en las legislativas, de forma que el Frente Nacional, a pesar de contar con muchos millones de votos, sólo tiene dos diputados en la Asamblea Nacional.

Los jefes conservadores y socialistas no han tardado un minuto en pedir el voto en la segunda vuelta contra Marine Le Pen, pero el voto del miedo a la loba nacionalista no tiene ya la mordiente de antaño, entre otras cosas porque en Europa, y particularmente en Francia, país en Estado de Excepción desde diciembre de 2015, el miedo al nacionalismo -basado, después de todo, en epítetos y descalificaciones imprecisas-, compite con un miedo mucho más real y cotidiano: el miedo al Islam y a la inmigración incontrolada. Por mucho que los federalistas pretendan acallar este miedo, insulten o repriman a quienes lo expresen, no va a desaparecer, sino todo lo contrario. Y cuando la respuesta oficial a ese miedo es ajo y agua, lo más probable es que acabe convirtiéndose en rabia.

En realidad, el nacionalismo de Marine Le Pen no se diferencia en nada del nacionalismo del general  De Gaulle, salvo que en tiempos de De Gaulle existía la Comunidad Económica Europea o mercado común, que apenas interfería en la soberanía nacional,  y hoy hay un inmenso tinglado federalista llamado UE. Ese tinglado quiere ya crear su propio ejército y está enbarcado en una dinámica imperial y autoritaria que pretende incluso prohibir el hablar de problemas nacionales acuciantes. Lo que ha cambiado también respecto a la época del General De Goulle es que hoy todos los medios de comunicación forman un bloque homogeneo globalista y, consecuentemente, el término nacionalista lo utilizan más o menos como sinónimo de nazi. Es curioso, pero nazi es nada más que el diminutivo del nombre completo del partido de Hitler, National Sozialistische Deutsche Arbeiter Partei (NSDAP), en español, Partido Nacional Socialista Obrero Alemán, y ese sambenito, por la misma regla de tres, se lo podrían colgar con igual o mayor motivo a quien se declare socialista.

La que tiene que estar verdaderamente contenta con el resultado del domingo es Marine Le Pen, porque Macron es el candidato al que mejor puede enfrentarse. En una entrevista concedida hace 10 días, declaraba:

Siempre he dicho que preferiría enfrentarme a Enmanuel Macron en la segunda vuelta porque entonces las opciones a elegir estarían clarísimas. Él es un globalista declarado que quiere que se acelere la apertura de fronteras, la libertad comercial total y el destripamiento de Francia, en favor de intereses financieros privados.

Yo, por mi parte, propongo un retorno a la nación-estado -que es la estructura más efectiva que se ha inventado para asegurar la prosperidad, la seguridad y la democracia-, y proteger nuestra identidad nacional.

 Macron es un gran partidario de suministrar  ajo y agua a la ciudadanía. Poco después del recéntísimo atentado islamista en París, declaró: "Esta amenaza (yihadista) es imponderable y será parte de nuestras vidas en los próximos años". Esta declaración está calcada a otras muchísimas declaraciones similares de globalistas destacados, como la que hizo el entonces Primer Ministro, Manuel Valls,  con motivo del atentado de Niza que costó la vida a 87 paseantes: "Los tiempos han cambiado y tenemos que acostumbrarnos a convivir con el terrorismo". O a la del Alcalde de Londres, Sadiq Khan, que proclama en New York justo después de que esta ciudad sufriera  un ataque jihadista, que "los atentados terroristas son parte inherente ("part and parcel") de la vida urbana".

Macron es una creación poco menos que robótica del entramado globalista. Funcionario graduado en la elitista ENA en 2004. En 2010 deja la administración y entra al servicio de Rothschilds & Cie Banque, donde se hace millonario de la noche a la mañana  trabajando en la adquisición de Pfizzer por Nestle, trato que se cierra en 2012. Inmediatamente después deja la banca Rothschild y se pone a trabajar como Secretario General del Eliseo con Hollanda, quien en 2014 le nombra Ministro de Industria y Economía. A los pocos meses monta su propio partido y se presenta a las elecciones presidenciales. Carrera fulgurante, y muy llamativa tratándose de alguien que no tenía  experiencia en fusiones y adquisiciones ni en política. Pero la prensa le adora desde el primer minuto, antes incluso de que abriera la boca.

La confrontación Macron-LePen  facilitará que la discusión politica electoral en esta segunda vuelta gire en torno a las propuestas y planteamientos de Le Pen, es decir, nacionalismo frente a globalismo, no en torno a las propuestas de Macron, que son más de lo mismo, y en ese contexto no es impensable que Le Pen, pese enfrentarse a la gran mayoría de los perorantes franceses, pueda alzarse finalmente con una victoria frente a todos.  No hay que olvidar que los franceses ya votaron en contra de la Constitución Europea en el Referendum de 2005, mientras que, por ejemplo, en España, votaron a favor el 81,65% (si bien con una abstención del 58%). Lo que en todo caso sin duda ocurrirá es que Le Pen, aunque sólo obtuviera el 40 % de los votos en la segunda vuelta, habría conseguido que muchísimos millones de franceses rompan el tabú antinacionalista y voten  contra el federalismo europeista y la monserga global, y ya sólo eso cambiará radicalmente el clima político en Francia, y  con ello de toda Europa continental.

El motor de la marcha triunfal e irreversible hacia la Federación Europea está perdiendo aceite a ojos vista, y el gran problema es que los federalistas al mando sólo saben apretar el acelerador. Así que, queridos franceses, por favor, echen el freno ahora que todavía estamos a tiempo de evitar el descarrilamiento en la próxima curva, y quizá todavía podamos recuperar algo de lo que tenía de bueno el mercado común europeo.

Impertinentes recomienda

 

AYÚDANOS A INFORMAR