Manifiesto impertinente

Manifiesto impertinente

¿Qué es la libertad de expresión?
Sin la libertad de ofender, ésta deja de existir.

Salman Rushdie

1.-

El orden político que defendemos es aquel en donde el gobernante acepta, reconoce y protege los derechos inalienables de las personas a la libertad y a la búsqueda de su propio interés, y en donde los ciudadanos eligen cada cierto tiempo a sus gobernantes y estos responden públicamente de sus acciones ante la ciudadanía. Para que esa elección no sea una farsa, se requiere que haya libertad para postularse y publicitarse como gobernante  y que el resto de los ciudadanos, por su parte, tengan la libertad de elegir a quien quieran y expresar también públicamente sus propias opiniones e ideas. Este orden político es el que se suele denominar liberal o burgués, en reconocimiento a que fue la burguesía que surgió en Europa el motor social que mostró que la libertad individual era económicamente imbatible y políticamente factible.

Estos derechos básicos tienen una gran coherencia conceptual y forman la piedra angular que arma  una bóveda compleja en la que intervienen otros derechos y libertades, pero en última instancia, por muchos que sean los derechos o adornos que se añadan, lo que marca la diferencia entre las naciones sometidas al despotismo de las naciones de ciudadanos libres es el respeto del poder y de la propia ciudadanía a la libertad de expresión.

Hasta hace poco, en nuestras amable, avanzada y tolerante sociedad española -y en el resto de países de la Europa occidental-, los límites a la libertad de expresión venían sólidamente establecidos en los códigos penales por los viejos, contrastados y aceptados conceptos jurídicos de injuria y calumnia contra personas particulares. Hoy todo eso ha cambiado radicalmente porque la UE y otros tinglados supranacionales han logrado imponer que el odio sea considerado delito; es decir, que el amor pase de virtud teologal a obligación legal, levantado con ello un imponente e inmanejable obstáculo a la libertad de expresión y alimentando una moral social cada vez más hipócrita y estúpida.

Impertinentes nace con el propósito de luchar sin miedo por la libertad de expresión de los ciudadanos, no sólo la de los políticos o la de los medios de comunicación. Nos proponemos como principal tarea mostrar día a día la realidad del deterioro de la libertad de expresión y cuáles son las consecuencias que ello acarrea en la vida pública y privada de los ciudadanos y en la relación de éstos con el poder político.

2.-

Creemos igualmente que la relación de reconocimiento y libertad entre Gobierno y ciudadanía sólo se ha dado y solo se puede dar en el seno de naciones soberanas, ya que sólo ellas pueden atribuir a sus ciudadanos la soberanía que han conquistado y afianzado a lo largo de la historia. En este sentido, la acelerada transferencia de soberanía de los estados nacionales a órganos supranacionales en realidad no es otra cosa que un escamoteo del poder de los ciudadanos hacia poderes no elegidos, no controlados e incontrolables.

En la UE, esa transferencia o sustitución de soberanía ha sido ininterrumpida durante décadas. Lo que nació como un mecanismo de cooperación económica en una Europa devastada por la guerra, es hoy algo muy distinto: es un supragobierno de mandarines que sólo responden ante ellos mismos. Los ciudadanos hemos ido aceptado la transferencia de poder a manos de funcionarios transnacionales gracias a la ingesta masiva de una papilla de sabor agradable y de efectos somníferos; mezcla de utopía, mentiras bien intencionadas y palabrería incomprensible, proveída al consuno por partidos de todos los colores,  sindicatos, ONGs, iglesias cristianas, medios de comunicación, profesores, artistas… y todos aquellos con megáfono en el foro público. Todos hemos participado del entusiasmo europeísta. Pero hoy las cosas empiezan a verse con otra perpectiva, y el velo púdico que cubría las vergüenzas de la UE se ha desgarrado, y de parecer una organización no democrática pero que ayudaba a resolver problemas reales, hoy se muestra como una organización antidemocrática que dificulta la solución de problemas reales y crea problemas nuevos que no puede resolver.

Es propósito de Impertinentes mostrar qué es en realidad la UE, qué se discute y se propone en sus complicadísimas instituciones, qué decisiones toma,  quién propone y adopta las decisiones, por qué se adoptan, quien obtiene beneficios de esas decisiones y cuáles sus consecuencias en la vida de los ciudadanos. Trataremos de mostrar, en definitiva, cómo la Unión Europea ha entrado en  una dinámica despótica y creado un caos que pone en peligro los mejores logros en cooperación e intereses comunes alcanzados en Europa en la segunda mitad del siglo XX. En la medida de lo posible, trataremos igualmente de hacer ese mismo tipo de trabajo periodístico con el resto de órganos y tinglados supranacionales.

3.-

En realidad, el objetivo de los líderes del europeísmo siempre fue la creación de un Estado Federal Europeo. Así lo proclamaron desde el principio. Alcanzar ese objetivo sólo es posible vaciando las soberanías nacionales y desprestigiando y condenando la idea de interés nacional, asimilándola a interés egoísta, retrógado y causante de confrontación y guerra. Gran parte de la utopía europeista y del programa de gobierno global hoy en boga se basa en ideas de una simpleza apabullante: si las guerras del siglo XX en Europa fueron entre Estados nacionales, si acabamos con los Estados nacionales acabamos con las guerras mundiales. O , si los gobiernos nacionales defienden intereses particulares, es necesaria una gobernanza supranacional para defender los intereses de la humanidad. Este tipo de ideas sirven para, entre otras cosas, atribuir una legitimidad superior a los únicos que representarían los intereses no egoístas, sino los de Europa, de la humanidad o incluso del planeta, y éstos no son otros que los que se atreven a hablar en nombre de una ciudadanía que no existe; es decir las burocracias y elites supranacionales. Y no es casualidad que estas ideas se parezcan tanto en su simplismo a las que dominaron los debates del siglo XX y que encandilaron a tantos como ahora encandila el globalismo: si el mercado, con juego de oferta y demanda libre, no puede impedir que cada cierto tiempo haya una crisis por exceso de oferta o de demanda, planifiquemos la oferta y la demanda desde el Gobierno.

Nosotros, por el contrario, proclamamos que el interés nacional es el interés de la ciudadanía soberana de un Estado soberano, y que es obligación de todo Gobierno defender ese interés. Los Estados, al defender los intereses nacionales, no favorecen la guerra y la confrontación, como tampoco favorecen la confrontación en la sociedad el que sus individuos busquen su propio interés, sino que muy por el contrario, la paz civil se basa en el reconocimiento de los derechos individuales, y la paz internacional en el reconocimiento del derecho de cada Estado a trabajar por sus propios intereses, en particular su derecho a defender sus fronteras.

En España, la interiorización del anatema contra el interés nacional institucionalizado por la UE ha constituido un factor esencial en el auge del regionalismo nacionalista, que ha crecido ocupando el vacío dejado por España y sabiendo que el único límite a sus pretensiones no es la UE, que en realidad las favorece (la Europa de los pueblos), sino la lealtad de los españoles a su patria, lealtad cada vez más exangüe, al menos en su clase política.

Impertinentes dedicará especial atención en mostrar de qué forma el programa “un mundo sin fronteras” favorece la confrontación en el seno de las sociedades y aumenta el peligro de guerra, y a quiénes favorece ese programa. Igualmente dedicará toda la atención que pueda a mostrar la lealtad y cariño que los españoles sienten por su patria.

4.-

Quizá resulte excesivo para un medio de comunicación exponer de partida un ideario tan claro y sencillo como el que acabamos de formular, pero es que Impertinentes no pretende ser un diario al uso.

En la opinión pública es donde reside el poder de elegir Gobierno en los países de democracia liberal, por lo que los medios que influyen en la formación de esa opinión son las armas por excelencia en  la lucha por el poder, lucha en la que participa de una u otra forma toda la sociedad y que podemos llamar, si se nos permite el simil militar,  Guerra de Conquista de la Opinión (GCO). No estamos en contra de la lucha legítima por el poder, ni que esta se libre pacíficamente con la palabra y la escritura, sino todo lo contrario. Lo que proclamamos abiertamente es que nosotros entramos en esa guerra.